lunes, 20 de marzo de 2006

SIEP

Tajante el artículo 57 de la Constitución de la R e p ú b l i c a Bolivariana de Venezuela, que prohíbe la censura. Recoge así la aguerrida tradición de lucha de los venezolanos contra los intentos de cercenarle las libertades fundamentales, en este caso las de expresión y de información.

En estos combates por la verdad siempre han estado a la vanguardia los periodistas, cuyo ideal ha sido consagrado por la Carta Magna, aprobada en diciembre de 1999, al establecer como norma obligatoria la divulgación de información imparcial, veraz y oportuna.

Queda decretado, de este modo, que mentir en un medio de comunicación es contrario al apostolado del periodismo.

Quienes no se sienten homenajeados en la Carta Magna son aquellos que le negaron el sí en el referéndum de diciembre de 1999, grupo en el que resaltan dueños de periódicos, revistas, televisoras y emisoras de radio, cuyos nombres jamás han aparecido en el registro del Colegio Nacional de Periodistas.

Cada rato arman un aquelarre contra la Constitución para demostrar que todavía le tienen ojeriza. Allende las fronteras, por lo general sus letanías las exclaman frente a los micrófonos que les pone a la orden el presidente George W. Bush, directamente o por medio de alguna fachada de siglas sonoras, por ejemplo la Sociedad Interamericana de Prensa.

De idéntico modo son enemigos de la Constitución egresados de escuelas de comunicación social universitarias dedicados sin tregua a la tarea de someter a los venezolanos a una terrible hiper realidad: un mundo de paranoia en el que el oposicionismo se cree la coba de la desestabilización del país con campañas mediáticas, basadas en proyectar cual héroes a ciudadanos incursos en delitos como la estafa y la difamación.

Pocos son los integrantes del Colegio Nacional de Periodistas que se prestan al juego de los capitalistas dueños de medios de prensa dirigidos a hacer creer que en Venezuela asistimos a un combate entre los fablistanes y el Gobierno. Casi nadie le presta crédito a tan descomunal mentira.

Sabe el pueblo que la batalla de los periodistas auténticos, es decir, los comprometidos con la verdad, es contra quienes pretenden aplicarles todos los días un 12 de abril de 2002 en las salas de redacción, en los estudios de televisión y de radio; o sea, los miembros de la sociedad interamericana de explotadores de periodistas (SIEP), mientras le sigue sacando a la noticia, fruto del trabajo de las neuronas y los músculos de los periodistas, el jugo de la plusvalía económica e ideológica.

lunes, 13 de marzo de 2006

El Supra CNE

Hasta ahora Bush va perdiendo los reales que invierte en el afán desmesurado de transformar un elitesco club de opinadores en un CNE paralelo.

No es suficiente ni siquiera el recibir a la vocera de la organización paraelectoral en la Casa Blanca. Súmate no levanta vuelo, no prende en la conciencia nacional, y sólo sirve para engrosar las cuentas de los periódicos en los que publica avisos desplegados a página completa, destino final de los dólares del bushismo.

Cada día Súmate hiede más a fracaso, a embaucamiento de musiú ensimismado por cuentacuentos del Caribe, dados a disfrutar la buena vida con donaciones extranjeras; los mismos que se quedaron con parte del billete que Bush destinó al financiamiento del golpe de abril, del paro petrolero, de la guarimba y de la campaña del sí en el referendo.

Pero no todo puede ser cuento chino en la oposición. He aquí que ha surgido un intento serio por fabricarle al CNE no un poder paralelo, de igual peso en la vida pública, sino una instancia superior que lo convierta en una institución tutelada, subordinada.

Se trata de constituir un Supra CNE, un ente electoral supremo, ensotanadamente inapelable e infalible. Un Supra CNE que se bautiza decretando que no hay condiciones para elecciones porque no son complacidas las caprichosas, ilegales e inconstitucionales exigencias del grupo oposicionista de los juntos. Un Supra CNE que rezando y con el mazo dando se expresa en la voz del ciudadano que tiempo ha bendijo el programa de gobierno de la conspiración golpista en la quinta La Esmeralda y que ahora pontifica sobre los derechos democráticos del pueblo, los mismos que Carmona hizo añicos con su decreto del 12 de abril, tan celebrado por algunos miembros del novedoso Supra CNE.

El Presidente venezolano ha referido cómo un ministro de la fe se dio sus mañas persuasivas para intentar convencerlo de renunciar el 13 de abril de 2002, en medio de la transparente y serena claridad de la isla La Orchila. Esta vez otro practicante del santo oficio trata de convencer a todos los venezolanos de que si los que apoyan al Gobierno no renuncian a seguir siendo ciudadanos iguales entre iguales y aceptan volver a ser desheredados políticos, no es posible hacer las elecciones presidenciales.

Vale decir, exige que se cancele el llamado a elecciones mientras se establecen las condiciones necesarias y suficientes —óptimas— para que el oposicionismo, acta mata voto y otras vivezas mediante, reencuentre el camino a Miraflores.

Ciertamente no se trata de una réplica de Súmate. El Supra CNE aspira a ser más que el sueño de Súmate. Ésta pretende ser un poder electoral paralelo al CNE. En cambio, el Supra CNE busca mandar a los rectores electorales, dictarles las normas de la campaña electoral, imponerle las decisiones sobre cada uno de los actos de la organización y conducción de la justa comicial.

El Supra CNE además exhibe las ínfulas de dictarle a la Asamblea Nacional los nombres de los ciudadanos y ciudadanas que han de integrar el CNE.

Como Bush en el Consejo de Seguridad de la ONU, el Supra CNE desea poseer derecho de veto para tachar los nombres de los candidatos y candidatas a conformar la directiva del CNE que no sean de su agrado por parecerles chavistas o insuficientemente oposicionistas.

Ante tan abrumadora sed de poder electoral, vale parafrasear en versión libre a Don Quijote: Con el Supra CNE hemos topado.

lunes, 6 de marzo de 2006

En noviembre

Los lamentos de quienes se retiraron de los comicios para la A s a m b l e a Nacional, ahora que su voz es sólo ausencia en los debates parlamentarios, demuestra que fue una decisión impuesta por factores de poder cuya estrategia era usar dichas elecciones como laboratorio de ensayo sobre el modo de incrementar la abstención; esperanza única y suprema del oposicionismo adorador de la violencia política y de sus amos de allende las fronteras. Hoy los candidatos a diputados sacrificados inútilmente saben que la abstención ni pierde ni gana elecciones y que para convertirla en fuerza de movilización social se requiere mucho más que los planes de cafetín y los frescos dólares de Washington.

Pero George W. Bush sigue su estrategia con típica terquedad tejana: promover la abstención es la clave. Ergo, otra vez los candidatos-marionetas parlantes tendrán que acatar la línea: retirarse en medio de una feroz campaña contra el árbitro electoral, aunque el Parlamento elija para esta función a puros san Francisco de Asís.

Ya se anuncia el ataque con exigencias inconstitucionales e ilegales que ningún rector del CNE puede complacer, expuestas originalmente por Súmate, voz oficiosa de Bush en estas latitudes del Caribe. Después vendrá la historia universal de infamias contra cada integrante del Poder Electoral y, en medio del clímax del paroxismo propagandístico made in USA, el iracundo reclamo: ¡Renuncien ya! ¡Cero elecciones! Y si no hay rectores renunciantes y —como esperamos quienes respetamos la Constitución y las leyes— cumplen con su deber de garantizarle los derechos político electorales a los venezolanos, desde la Oficina Oval tronará la orden final: ¡Dejen solo a Chávez en las elecciones! ¡Que se mida con la abstención!
Algunos enjundiosos analistas pujan la tesis de que no todos los candidatos opositores andan en la onda de acatar las órdenes de Bush. Dicen que, por ejemplo, el Catire del Batey se mantendrá en sus trece y se contará voto a voto con Chávez, aunque de antemano sepa que ni siquiera alcanzará lo que fue su 5% histórico. Juran que Petkoff tiene hambre de historia, de escribir su nombre en la política nacional como la de un demócrata que supo respetar la soberana voluntad del pueblo y que se marchará luego a sus cuarteles de invierno con la hidalguía de haberle mostrado el dedo medio erguido a George Walter Bush, tal como lo hizo con Nixon, Jhonson, Kennedy, Brezhnev y cofradía.

Otros estudiosos, en cambio, invocan el beneficio de la duda porque —afirman— el Catire del Batey irguió el pulgar ante el Fondo Monetario Internacional, vale decir Bill Clinton y las corporaciones estadounidenses, cuando le tocó gobernar bajó el amparo de la siempre ausente sombra de Rafael Caldera.

“Desde esos tiempos de su ‘estamos mal pero vamos bien’ con el imperio, Petkoff no ha dado muestras de rescatar su otrora rebeldía”, dicen dubitativos.

¿Cambiará ahora?, es la pregunta que sin hacerla dejan en el aire.

La respuesta sólo la puede dar el mismo candidato y resulta lógico que se tome su tiempo —¿por qué no?— hasta noviembre, el mes cuando Bush tronará como el rayo furioso y ordenará la renuncia de todos los candidatos opositores para darle un envión al abstencionismo, que —sueña empecinadamente el cowboy de Texas— le permitirá hacer del año 2007 venezolano un clon de 2002.

¡Claro!, Bush deberá leer a Calderón de la Barca para que se entere de que: “Los sueños, sueños son”.

lunes, 27 de febrero de 2006

Cardenal habemus

De la misma forma que el pesebre, emblema de la navidad, ha devenido en un símbolo del ser nacional venezolano, más que un ícono de la religión católica, no obstante la ferocidad con que sectores pitiyanquis se esfuerzan en sustituirlo por Santa Claus, la designación del cardenal Urosa Savino trasciende el mundo del catolicismo y expresa de manera fidedigna el sentir del país en su conjunto, sin menoscabo de que el regocijo de la familia católica registre mayor intensidad. Y no se trata de una ocasión para la retórica y el ritual del protocolo, sino que su santidad Benedicto XVI se ha guiado con sabiduría en la decisión tan celebrada por Venezuela, la real, la verdadera, la del Estado democrático, social de Derecho y de justicia; la del pluralismo político y la unidad nacional en la diversidad y los valores de la libertad, la independencia, la soberanía y la autodeterminación; la del proceso de cambio democrático fundado en la premisa tan bien expresada por el ex canciller Roy Chaderton Matos: “Una revolución para incluir a los excluidos sin excluir a los ya incluidos”.

Nadie pretende borrar el recuerdo estigmatizante y la congoja que entristeció a la familia católica venezolana por las posturas poco democráticas de un sector del clero en el proceso conspirativo de los años 2002 – 2003; no obstante, con embargo por tales acontecimientos, flaco servicio se le haría al país si las actitudes y conductas individuales y colectivas frente a la elevación de Jorge Urosa Savino a la dignidad cardenalicia se anclan artificialmente en las tensiones que permearon la sociedad durante las jornadas del golpe de Estado, el goteo militar en la plaza Francia, el paro económico petrolero y las guarimbas. Sin caer en el facilismo de decir lo pasado pasado, se impone apostar por el reencuentro pleno y fecundo de la nación, cuya realización sólo puede darse en el cauce de la Constitución y las leyes, vale decir, del Estado de Derecho. En ese contexto se empina el compromiso compartido de perseverar en el diálogo, instrumento básico de la convivencia democrática, o sea, cívica y pacífica, lo que hace obligante para quienes integran la mayoría política del país tanto como para quienes se ubican en la minoría propender a la perdurabilidad y el reforzamiento de los valores y las prácticas derivadas de la Constitución como, por ejemplo, la participación en el proceso de elección del Consejo Nacional Electoral, así como en la campaña electoral y en los comicios del 3 de diciembre acatando su resultado como expresión de la soberanía popular, y además el respeto a las decisiones emanadas de los poderes públicos.

La fe democrática y la ética cristiana manifestada en la entrega al apostolado del sacerdocio de Jorge Urosa Savino se observa en su conducta de cada día. Siempre se tendrán coincidencias con él y asimismo –dialécticamente— disentimientos.

Prueba de que asume con la certeza de una auténtico pastor del pueblo la circunstancia de que la Iglesia expresa a todos los feligreses sin excepción, y que el hecho de que un hermano católico difiera de la opinión de un obispo o del mismo cardenal contrario a perturbar la visión compartida sobre Venezuela la fortalece en los espacios del consenso con base en asumir con tolerancia los disensos. De modo que incluso quienes profesan otra fe religiosa distinta a la católica y los ateos deben decir sin complejos: cardenal habemus.

lunes, 20 de febrero de 2006

Contra el garrote y la zanahoria

“El fin de la Guerra Fría ha creado lo que algunos observadores llaman un mundo ‘unipolar’ o de ‘una superpotencia’ .

Pero en realidad, EE UU no está en mejor posición para imponer unilateralmente la agenda mundial de lo que estaban al comienzo de la Guerra Fría. Hoy son más preponderantes de lo que eran hace 10 años y, sin embargo, de manera irónica, el poder también se ha vuelto más difuso.

De esta manera, en realidad ha decrecido la capacidad estadounidense para aplicar el poder a dar forma al resto del mundo”.

Así escribió Henry Kissinger en su texto Diplomacy (Editorial Simon & Schuster, 1994). Se revela de esta forma que el sector más esclarecido de la elite que controla el poder corporativo en EE UU tiene conciencia de que su margen de maniobra para controlar el planeta es insuficiente.

Lo reitera Condoleezza Rice al clamar por una alianza internacional para agredir a los procesos emancipadores en ascenso en países periféricos como Venezuela. Con esta premisa, más allá de la apariencia, comulgan los halcones, siempre prestos a aplicar el gran garrote (la agresión brutal) heredado de Theodore Roosevelt, y las palomas, cultores del legado de Woodrow Wilson de imponer los intereses imperiales ofreciendo la zanahoria (la misma agresión pero con modo). De aquí que a cada rato se observe una combinación de garrote con zanahoria.

Casi al mismo tiempo Thomas Shannon, subsecretario de Estado para América Latina, monta la escena del diálogo y recibe al embajador venezolano, mientras que su jefa, la morenaza Rice, justifica el presupuesto de su ministerio para 2007 ante el Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara de Representantes del Congreso convocando una cruzada contra el gobierno bolivariano. Garrote con zanahoria en coaliciones con socios que acepten el mando yanqui, es la tesis de consenso manifestada incluso, detrás de los estilos y los matices, en los debates electorales entre John Kerry y George Bush.

Frente a la elite que gerencia el gobierno corporativo imperialista no solo se empinan los pueblos que han asumido su derecho a ser independientes y soberanos, sino también corrientes políticas y sociales de países socios del imperio y, especialmente, de la propia nación estadounidense.

De modo que las contradicciones con la política del garrote y la zanahoria imperiales no deben enfocarse centradas en una diferenciación subjetiva entre halcones y palomas, sin negar sus matices, sino principalmente en fortalecer, profundizar y expandir los vínculos con los sectores no imperialistas de la sociedad estadounidense, muchos de los cuales tienen expresión incluso en el Congreso de ese país.

La resistencia de densos sectores de la sociedad estadounidense contra la guerra en Vietnam constituyó la primera derrota del imperialismo en esa conflagración. Los pueblos agredidos por el imperio deben aprovechar esa experiencia. Venezuela lo viene haciendo con acierto; cada día crece la solidaridad del movimiento popular de EE UU con el proyecto bolivariano, especialmente en lo relativo al rechazo a la injerencia de la administración Bush en los asuntos nacionales, gracias a que se divulga con detalle las verdades de lo que pasa en esta tierra, anulando la desinformación de las agencias de propaganda antivenezolanas, cuya mayoría presenta sus mentiras bajo la envoltura de información periodística.

“El fin de la Guerra Fría ha creado lo que algunos observadores llaman un mundo ‘unipolar’ o de ‘una superpotencia’ .

Pero en realidad, EE UU no está en mejor posición para imponer unilateralmente la agenda mundial de lo que estaban al comienzo de la Guerra Fría. Hoy son más preponderantes de lo que eran hace 10 años y, sin embargo, de manera irónica, el poder también se ha vuelto más difuso.

De esta manera, en realidad ha decrecido la capacidad estadounidense para aplicar el poder a dar forma al resto del mundo”.

Así escribió Henry Kissinger en su texto Diplomacy (Editorial Simon & Schuster, 1994). Se revela de esta forma que el sector más esclarecido de la elite que controla el poder corporativo en EE UU tiene conciencia de que su margen de maniobra para controlar el planeta es insuficiente.

Lo reitera Condoleezza Rice al clamar por una alianza internacional para agredir a los procesos emancipadores en ascenso en países periféricos como Venezuela. Con esta premisa, más allá de la apariencia, comulgan los halcones, siempre prestos a aplicar el gran garrote (la agresión brutal) heredado de Theodore Roosevelt, y las palomas, cultores del legado de Woodrow Wilson de imponer los intereses imperiales ofreciendo la zanahoria (la misma agresión pero con modo). De aquí que a cada rato se observe una combinación de garrote con zanahoria.

Casi al mismo tiempo Thomas Shannon, subsecretario de Estado para América Latina, monta la escena del diálogo y recibe al embajador venezolano, mientras que su jefa, la morenaza Rice, justifica el presupuesto de su ministerio para 2007 ante el Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara de Representantes del Congreso convocando una cruzada contra el gobierno bolivariano. Garrote con zanahoria en coaliciones con socios que acepten el mando yanqui, es la tesis de consenso manifestada incluso, detrás de los estilos y los matices, en los debates electorales entre John Kerry y George Bush.

Frente a la elite que gerencia el gobierno corporativo imperialista no solo se empinan los pueblos que han asumido su derecho a ser independientes y soberanos, sino también corrientes políticas y sociales de países socios del imperio y, especialmente, de la propia nación estadounidense.

De modo que las contradicciones con la política del garrote y la zanahoria imperiales no deben enfocarse centradas en una diferenciación subjetiva entre halcones y palomas, sin negar sus matices, sino principalmente en fortalecer, profundizar y expandir los vínculos con los sectores no imperialistas de la sociedad estadounidense, muchos de los cuales tienen expresión incluso en el Congreso de ese país.

La resistencia de densos sectores de la sociedad estadounidense contra la guerra en Vietnam constituyó la primera derrota del imperialismo en esa conflagración. Los pueblos agredidos por el imperio deben aprovechar esa experiencia. Venezuela lo viene haciendo con acierto; cada día crece la solidaridad del movimiento popular de EE UU con el proyecto bolivariano, especialmente en lo relativo al rechazo a la injerencia de la administración Bush en los asuntos nacionales, gracias a que se divulga con detalle las verdades de lo que pasa en esta tierra, anulando la desinformación de las agencias de propaganda antivenezolanas, cuya mayoría presenta sus mentiras bajo la envoltura de información periodística.

lunes, 13 de febrero de 2006

¿Cuál ejemplo, Rosales?

Que ningún g o b e r n a d o r haya logrado dar el salto a la silla de Miraflores no es razón para renunciar a intentarlo.

Definida como ha sido la ruta de reelección del presidente Chávez, entre los gobernadores sólo a uno lo asalta el dilema shakesperiano:
Ser o no ser. Y no es Morel, quien desde su exitosa campaña de octubre 2004 asumió una cierta manera de ser progobierno y opositor a la vez.

En Nueva Esparta se dice que entre los movimientos afines al gobernador hay dos peculiares:
el Mocha (morelistas con Chávez) y el Chamo (chavistas con Morel). La suma de ambos representa la base principal de la plataforma de Morel. De modo que por las neuronas del hábil político margariteño no pasa la idea de pensar en ser inquilino del palacio de Joaquín Crespo.

También 2006 será para Morel un año de invenciones, de derroche creativo, para estar con Dios y con el diablo, sin entrar en antagonismos que comporten definiciones ideoprogramáticas.

Distinto a su colega oriental, el trujillano Manuel Rosales, zuliano de arraigo como muchos otros de sus paisanos, le mete coco a la posibilidad de jugársela ya frente al presidente Chávez. Pa’ luego (2012) es tarde, parece pensar. Y para aumentarle las ganas candidaturales su buen amigo William Brownfield, embajador de George Walker Bush en Caracas y ex cónsul de larga data en los predios marabinos, le atiza el ánimo asegurándole todo el apoyo del imperio y de sus enclaves neocoloniales en los grupos oposicionistas (políticos y económicos). Como dicen en el llano: “Rosales está chinguito por ser candidato presidencial”.

Zamarro como buen andino, el gobernador ve para los lados y se pregunta qué pasará el 4 de diciembre, con los votos ya contados y cantados; quién se queda con la gobernación. Porque en su entorno arrancó la pugna por la sucesión, asumiendo —sin preguntarle siquiera— que renunciará el mismo día que haga pública su aspiración presidencial, siguiendo el camino de Oswaldo Álvarez Paz y Francisco Arias Cárdenas, quienes legitimaron su candidatura a Miraflores firmando su adiós irrevocable al palacio de las Águilas.

Pero a nadie le ha jurado seguir el ejemplo de sus dos antecesores.

No pierde de vista que, derrotado por Caldera en 1993, Álvarez Paz se quedó sin el chivo y sin el mecate, y Lolita Aniyar de Castro, candidata del MAS y Convergencia, triunfadora en los comicios regionales, se ocupó de cerrarle los espacios del poder zuliano; tal como el mismo Rosales hizo en 2000 cuando se alzó con votos en la gobernación y enterró la gestión de Arias, perdedor ante Chávez.

A Rosales le tienta otro ejemplo:
el de Andrés Velásquez.

Gobernador de Bolívar, el sindicalista se montó en una campaña para conquistar Miraflores en 1993 sin renunciar a continuar siendo inquilino de la gobernación, aunque cargó con el decir de sus adversarios de que no renunciaba porque se sabía perdedor en la contienda presidencial.

He allí el contraste: distinto al otro perdedor, el zuliano Álvarez Paz, Velásquez se quedó con el mecate hasta la culminación de su período en 1995, cuando se resteó por su compañero Víctor Moreno (actual presidente de Fetrabolívar), derrotado a la postre por el adeco Jorge Carvajal, circunstancia que consolidó la caída de La Causa R, hoy sólo nostalgia de lo que pudo ser.

¿Cuál ejemplo ha de seguir Rosales: el de sus antecesores en el Zulia o el del ex gobernador bolivarense? He ahí la cuestión.

lunes, 6 de febrero de 2006

¿Sectarismo en cuotas?

Que a veces los partidos políticos enfrentan el riesgo de ceder ante la tentación de sentirse hegemón del Estado y la sociedad, es un aserto reconocido desde los más tempranos análisis de estos espacios de participación.

Ya David Hume alertó sobre este fenómeno en el siglo XVIII. Es el partido político como facción o secta, como una parte de la sociedad que contraría y niega al todo de la misma.

Sobre tal condición discurre extensa y detenidamente Giovanni Sartori en su texto ya clásico:
Partidos y Sistema de Partidos.

Sectarismo es la denominación con que el Siglo XX analizó esta perversión de las organizaciones con fines políticos, tendencia nefasta tan conocida en la historia republicana de Venezuela, incluyendo la época contemporánea; y no solo ha de incluirse aquí el trienio adeco sino también quinquenios y otros períodos.

En gran medida fue una reacción contra el sectarismo de los partidos políticos, institución lacerada en carne viva por el colapso del puntofijismo, lo que llevó a los integrantes de la Asamblea Constituyente de 1999 a descalabrarle a estas instituciones la distinción de anclajes principales de la democracia.

No le niega la Carta Magna espacio y solera, pero las ubica como iguales entre iguales de una miríada de organizaciones sociales. Ya no son la última gota de agua del desierto como lo fueron en los tiempos de la Constitución de 1961.

Hegemonizar la sociedad es ya una ilusión; a lo sumo pueden compartir el liderazgo con otros actores de la política. De aquí que el sectarismo, aunque gravite en las neuronas oxidadas de algunos dirigentes, haya devenido en una práctica imposible que conduce tan solo al aislamiento de la dinámica social, por ejemplo en la toma de decisiones caras al pueblo como –por mencionar una– la elección de los rectores electorales, cuya concreción no ha de darse con base en cuotas.

La Constitución bolivariana no pela el boche en su coherencia sobre la democracia participativa.

Lo dispuesto en el artículo 5 (la soberanía reside en el pueblo intransferiblemente) se expresa operacionalmente en el 296. Cuatro de los rectores deben ser elegidos de entre los postulados (as) por espacios de la sociedad y uno por el Poder Ciudadano. Se observa así que no es competencia exclusiva de los partidos políticos postular candidatos (as) al directorio del Consejo Nacional Electoral, lo que no excluye la posibilidad de que orienten a las organizaciones sociales en tales decisiones, facultad que nace del liderazgo situacional en el quehacer de la sociedad y no de costumbres ya mohosas manifestadas en ver en cada átomo de vida social un apéndice del partido. Incluso los once diputados que con diez ciudadanos no parlamentarios integran el comité de postulaciones electorales, están allí no solo por militar en partidos políticos sino también como expresión del resto de la sociedad que los ungió con la legitimidad del voto. De modo que es la sociedad, cuya voz ha de encauzar a la Asamblea Nacional en la escogencia de los rectores y rectoras principales y suplentes, el órgano decisor sobre el CNE; entendiendo por sociedad también –y principalmente ahora– a las mayorías nacionales, antes excluidas de la conducción del Estado.

El desafío de los miembros de los partidos políticos consiste en analizar y asumir a la sociedad no desde la estrechez sectaria de una parte de la misma, claustro de unos pocos, sino desde la totalidad integradora, holística e incluyente, de la Constitución.